lunes, 29 de junio de 2009

Despedida. Gabriel García Márquez

Si por un instante Dios se olvidara de que soy una marioneta de trapo y me regalara un trozo de vida, aprovecharía ese tiempo lo más que pudiera.
Posiblemente no diría todo lo que pienso, pero en definitiva pensaría todo lo que digo.Daría valor a las cosas, no por lo que valen, sino por lo que significan.
Dormiría poco, soñaría más, entiendo que por cada minuto que cerramos los ojos, perdemos sesenta segundos de luz.
Andaría cuando los demás se detienen, despertaría cuando los demás duermen.Si Dios me obsequiara un trozo de vida, vestiría sencillo, me tiraría de bruces al sol, dejando descubierto no solamente mi cuerpo, sino mi alma.
A los hombres les probaría cuán equivocados están al pensar que dejan de enamorarse cuando envejecen, sin saber que envejecen cuando dejan de enamorarse. A un niño le daría alas, pero le dejaría que él solo aprendiese a volar.
A los viejos les enseñaría que la muerte no llega con la vejez, sino con el olvido.Tantas cosas he aprendido de ustedes, los hombres...
He aprendido que todo el mundo quiere vivir en la cima de la montaña, sin saber que la verdadera felicidad está en la forma de subir la escarpada.
He aprendido que cuando un recién nacido aprieta con su pequeño puño, por primera vez, el dedo de su padre, lo tiene atrapado por siempre.
He aprendido que un hombre sólo tiene derecho a mirar a otro hacia abajo, cuando ha de ayudarle a levantarse.
Son tantas cosas las que he podido aprender de ustedes, pero realmente de mucho no habrán de servir, porque cuando me guarden dentro de esa maleta, infelizmente me estaré muriendo.
Siempre di lo que sientes y haz lo que piensas.
Si supiera que hoy fuera la última vez que te voy a ver dormir, te abrazaría fuertemente y rezaría para poder ser el guardián de tu alma.
Si supiera que estos son los últimos minutos que te veo diría “te quiero” y no asumiría, tontamente, que ya lo sabes.
Siempre hay un mañana y la vida nos da otra oportunidad para hacer las cosas bien, pero por si me equivoco y hoy es todo lo que nos queda, me gustaría decirte cuanto te quiero, que nunca te olvidaré.El mañana no le está asegurado a nadie, joven o viejo.
Hoy puede ser la última vez que veas a los que amas.
Por eso no esperes más, hazlo hoy, ya que si el mañana nunca llega, seguramente lamentarás el día que no tomaste tiempo para una sonrisa, un abrazo, un beso y que estuviste muy ocupado para concederles un último deseo.

Gabriel García Márquez

lunes, 16 de febrero de 2009

"Las Trenzas" María Luis Bombal

Porque día tras día los orgullosos humanos que ahora somos tendemos a desprendemos de nuestro limbo inicial, es que las mujeres no cuidan ni aprecian ya de sus trenzas.
Positivas, ignoran al desprenderse de éstas, ponen atajo a las mágicas corrientes que brotan del corazón mismo de la Tierra.
Porque la cabellera de la mujer arranca desde lo más profundo y misterioso: desde allí donde nace y tiembla la primera burbuja; que es desde allí que se desenvuelve, lucha y crece entre muchas y enmarañadas fuerzas, hasta la superficie de lo vegetal, del aire y hasta las frentes privilegiadas que ella eligiera.
¡Las oscuras y lustrosas trenzas de Isolde, princesa de Irlanda, no absorbieron acaso esa primera burbuja en tanto sus labios bebieran la primera gota de aquel filtro encantado! ¿No fue acaso a lo largo de esas trenzas que las raíces de aquel filtro escurriéronse veloces hacía su humano destino? Porque quién ha de dudar jamás de que cabellera alguna gozara de tal rumor de fuentes subterráneas, de un tal suspirar de brisas y de hojas.
Rumor y suspirar que en esas noches suyas de amor y luna Tristán destrenzaba a fin de escuchar extasiado el canto lejano, persistente y secreto.... el canto natural de aquella cabellera.y sé, y debo decirlo, que hasta cuando Isolde dormía, su cabellera seguía alentando entreabierta, ya sea en la almohada del castillo de Tintajel, ya sea en los trigos del destierro..., y florecía de flores extrañas que ella arrancara atemorizada a cada amanecer.
Y las rubias trenzas de Melisanda, más largas que su mismo cuerpo delicado.Trenzas que al inclinarse prudentes un atardecer de otoño, descolgáronse torreón abajo, sobre los hombros fuertes del propio hermano del rey..., su marido. Melisanda, grita Pelleas espantado. Luego, estremecido y dejando por fin hablar su corazón... Melisanda, murmura..., tus trenzas, tus trenzas que al fin puedo tocar, besar, envolverme en ellas.Por respuesta, sólo un suspiro desde lo alto del torreón. Las trenzas habían ya confesado sin saberlo esa -verdad tímida y ardiente, que su dueña llevaba tan bien escondida dentro de su corazón.
¡Y por qué no recordar ahora las trenzas de nuestra dulce María, de Jorge Isaacs! Trenzas segadas y envueltas en el delantal azul con que ella regara su pequeño rincón de jardín.
Trenzas picoteadas de mariposas secas y de recuerdos con las que Efraín durmiera bajo la almohada su larga noche de congoja.
Trenzas muertas, aunque testamento vivo que lo obligara a seguir viviendo, aunque más no fuera para recordarla.
La octava mujer de Barba Azul... ¿La habéis olvidado? Y de cómo su extravagante y severo marido al emprender inesperado viaje copiara a su traviesa esposa las llaves de acceso a todas las estancias de la suntuosa y vasta mansión, salvo prohibiéndole hacer uso de aquella diminuta y mohosa que llevara a la última pieza de un abandonado y desalfombrado corredor.
De más está explicar que durante esa bien venida ausencia marital, en medio de tanta diversión, amigas reidoras y airosos festejantes, el juego que más la intrigara y tentara, fuera el único juego prohibido. El de introducir en la correspondiente cerradura la misteriosa llavecilla de aquel íntimo cuarto abandonado.
Muy sabido es que tanto en las mujeres como en los gatos, la curiosidad siempre triunfó sobre toda otra pasión. Así, pues, cuando al regreso intempestivo de su amo y señor, la esposa desobediente hubo de hacerle temblorosa entrega del manojo de llaves, entre éstas, aunque maliciosamente disimulada, el temible caballero la descubrió no sólo mohosa..., sino además tinta en sangre.-Vos, señora, me habéis traicionado -rugió-; no le queda otro destino que ir a reunirse con sus tristes amigas al final del corredor.
Dicho esto, desenvainó su espada...¿Y a qué viene este cuento que conocemos desde nuestra más tierna infancia, se están preguntando ustedes? En nada tiene que ver con trenza alguna...-¡Sí que la tiene! -respondo con fuerza-. No comprenden ustedes que no fue la pequeñísima tregua que el indignado marido concediera a su inconsciente esposa, a fin de que orara por última vez; ni tampoco fueran los ayes ni llamados que Ana aterrorizada lanzara desde la torre pidiendo auxilio, para su hermana.
Y ni siquiera el cabalgar desaforado y caprichoso que en esos momentos dos guerreros emprendían de visita hacia el castillo.No, nada de todo aquello fue lo que la salvara.Fueron sus trenzas y nada más que sus complicadamente peinadas en ciento y más sedosas y caprichosas culebras, las que cuando el implacable marido la echara brutalmente a sus pies, a fin de cumplir su cometido, las que frenaron y entrabaron sus dedos criminales, enrredándose a sí mismo en desesperada madeja a lo largo del filo de su espada, obstinándose en proteger esa nuca delicada hasta la irrupción providencial de los dos dichos guerreros, también hermanos muy queridos, previamente invitados por nuestra pobre curiosa.Así, pues, no en vano durante dieciocho inocentes y alegres abriles, esa muchacha que fuera luego la insensata castellana y última mujer de Barba Azul, cepillara cantando ésa su cabellera, comunicándole vigor y hermosura.
"Era muy pálida, así como las mujeres que tienen la cabellera muy larga, describe Balzac a una de sus enigmáticas heroínas.Y no era un capricho verbal.
Porque Balzac hubo sin duda alguna de intuir desde siempre esa correspondencia íntima que suele establecerse entre los seres y el hondo misterio de la Tierra.Y aquí estoy para comprobar e ilustrar esa afición suya con el extraño acontecimiento presenciado y vivido no muchos años ha, por tantos de nosotros.¡A qué dar nombres ni lugares! Quienes lo conocen, lo saben; los demás, bien pueden adivinarlos. Dos hermanas. Final de una larga, brillante, poderosa familia, aunque siempre acosada por escondidas pasiones, muertes inesperadas, suicidios. La hermana mayor, marchita ya desde muy joven, recortase el pelo, vistió poncho de vicuña, y a pesar de las afligidas protestas de sus mundanos padres, retiróse al inmenso fundo del sur, que ella misma se dedicara a administrar con mano de hierro. Los campesinos refinados no tardaron en llamarla la Amazona. Era terca pero justa. Fea pero de porte atrayente y sonrisa generosa. Solterona... nadie sabe por que.La menor, por el contrario, era viuda por su propia voluntad de mujer herida en el orgullo de su corazón. Era bella en extremo, aunque igualmente frágil de salud.
También ella vivía sola, pero en la antigua mansión de la familia en la ciudad. Tenía una voz suave, ojos castaños tranquilos, pero la trenza roja que apretaba en peinado alrededor de su pequeña cabeza, arrojaba violentos fulgores sobre su tez pálida. Sí. era una mujer dulce y terrible. Se enamoraba y amaba perdidamente.Todo empezó en el fundo esa noche de otoño, en la cual el guardabosque bajara a la hondonada gritando: "¡Incendio! "Hacía rato, sin embargo, que con la frente pegada a los cristales de su ventana, la Amazona observaba intrigada, aquel precoz purpúreo amanecer, despuntando allá arriba, dentro de los cerros de la propiedad..., con su calma de siempre dio órdenes al personal de las casas, pidió su caballo y se encaminó hacia el incendio, en compañía de sus mayordomos.Entretanto, en la ciudad, la hermana menor, de vuelta de un baile, yacía sobre la alfombra del salón, presa de un súbito desmayo.Sus festejantes dos, sus servidores dormidos y ella por primera vez sumergida, abandonada en la sombra de los candelabros que hubiera empezado a apagar. Cual si mal cómplice, aquella ráfaga de viento helado, ahora soplando y estremeciendo los cortinajes de los altos balcones, entreabriéndolos para ir a instalarse sobre la frente, hombros y pechos descubiertos de la indefensa.En el fundo del sur la Amazona y su séquito ascendían cuestas, adentrándose en el bosque y sus incendios. Otro soplo, éste ardiente y acre, barría en contra de ellos bandadas de hojas chamuscadas, de pájaros enceguecidos y de nidos inflamados.Sabiéndose vencida de antemano. ¡Quién lograría y de qué manera retener la furia de esa llamarada!La Amazona permanecía sentada en el tronco de un árbol muerto y caído ha muchos años, resignada estoicamente al espectáculo de la catástrofe, con la tétrica dignidad con que un magnate ultrajado asiste al saqueo y destrucción de sus bienes.El bosque ardía sin ruido, y ante la Amazona impasible los árboles caían uno a uno silenciosamente y ella contemplaba como en sueño encenderse, enegrecerse y desmoronarse galería por galería las columnas silvestres de aquella catedral familiar..., pemitiéndose recordar, pensar y sufrir por primera vez...Ese enorme avellano consumiéndose..., ¿no era bajo su avalancha de secos frutos que sus hermanos y niñeras se reunían para saborear el picnic codiciado?Y tras aquel gigantesco tronco..., árbol cuyo nombre olvido, venía a esconderse después de sus fechorías..., y aquellas pobrecitas callampas temblorosas, que bajo el cedro arrancaran u hollaran sin piedad..., y aquel eucalipto del que se abrazara -jovencita- llorando estúpidamente al comprender y sentir la desilusión primera, esa pena que no confesó nunca, esa pena que la incitara a cortarse el pelo, convertirse en la Amazona y resolverse a no amar de amor nunca..., nunca...Allá en la ciudad despuntaba el alba, sobre la alfombra del cuerpo inerte de la hermana -la que se atrevió siempre a amar-, hundiéndose por leves espasmos en aquello que llaman la muerte..., pero como nadie sabía, no se encontró a nadie que pudiera intervenir a tiempo para rescatar a esa roja trenza que persistía aún tras su loca noche de baile.Y de pronto, allá abajo en el fundo, fue el derrumbe final, el éxodo de los valerosos caballos que volvían con el pelaje y crines erizados, salvando ellos a sus jinetes semiasfixiados.Del manso bosque en ruinas empezaron a brotar enormes lenguas de humo, tantas y tan derechas como árboles se habían erguido en el mismo sitio.Durante un breve instante, aquel fantasma de bosque osciló y vivió frente a su dueña y servidores que lloraban. Ella no.Luego escombros, cenizas y silencio.Cuando en la ciudad vinieron a cerrar los balcones y levantaron a la muy frágil para extenderla sobre el lecho, tratando vanamente de reanimarla, de abrigarla, ya era tarde.El médico aseguró que había agonizado la noche entera.Pero el bosque hubo de agonizar y morir junto con ella y su cabellera, cuyas raíces eran las mismas.Las verdes enredaderas que se enroscan a los árboles, las dulces algas a sus rocas, son cabelleras desmadejadas, son la palabra, el venir y aletear de la naturaleza; son su alegría y melancolía, son su expresión por medio de la cual la naturaleza infiltra confusamente su magia y saber a los seres.Y es por eso que las mujeres de ahora al desprenderse de sus trenzas han perdido su fuerza adivina y no tienen premoniciones ni goces absurdos ni poder magnético.Y sus sueños no son ahora sino una triste marca que trae y retrae imágenes cansadas o alguna que otra doméstica pesadilla.

martes, 28 de octubre de 2008

Una modesta proposición (Jonathan Swift)

Para prevenir que los niños de los pobres de Irlanda sean una carga para sus padres o el país, y para hacerlos útiles al público.


Dublín, Irlanda, 1729

Es un asunto melancólico para quienes pasean por esta gran ciudad o viajan por el campo, ver las calles, los caminos y las puertas de las cabañas atestados de mendigos del sexo femenino, seguidos de tres, cuatro o seis niños, todos en harapos e importunando a cada viajero por una limosna. Esas madres, en vez de hallarse en condiciones de trabajar para ganarse la vida honestamente, se ven obligadas a perder su tiempo en la vagancia, mendigando el sustento de sus desvalidos infantes: quienes, apenas crecen, se hacen ladrones por falta de trabajo, o abandonan su querido país natal para luchar por el Pretendiente en España, o se venden a sí mismos en las Barbados.
Creo que todos los partidos están de acuerdo en que este número prodigioso de niños en los brazos, sobre las espaldas o a los talones de sus madres, y frecuentemente de sus padres, resulta en el deplorable estado actual del Reino un perjuicio adicional muy grande; y por lo tanto, quienquiera que encontrase un método razonable, económico y fácil para hacer de ellos miembros cabales y útiles del estado, merecería tanto agradecimiento del público como para tener instalada su estatua como protector de la Nación.
Pero mi intención está muy lejos de limitarse a proveer solamente por los niños de los mendigos declarados: es de alcance mucho mayor y tendrá en cuenta el número total de infantes de cierta edad nacidos de padres que de hecho son tan poco capaces de mantenerlos como los que solicitan nuestra caridad en las calles.
Por mi parte, habiendo volcado mis pensamientos durante muchos años sobre este importante asunto, y sopesado maduradamente los diversos planes de otros proyectistas, siempre los he encontrado groseramente equivocados en su cálculo. Es cierto que un niño recién nacido puede ser mantenido durante un año solar por la leche materna y poco alimento más; a lo sumo por un valor no mayor de dos chelines o su equivalente en mendrugos, que la madre puede conseguir ciertamente mediante su legítima ocupación de mendigar. Y es exactamente al año de edad que yo propongo que nos ocupemos de ellos de manera tal que en lugar de constituir una carga para sus padres o la parroquia, o de carecer de comida y vestido por el resto de sus vidas, contribuirán por el contrario a la alimentación, y en parte a la vestimenta, de muchos miles.
Hay además otra gran ventaja en mi plan, que evitará esos abortos voluntarios y esa práctica horrenda, ¡cielos!, ¡demasiado frecuente entre nosotros!, de mujeres que asesinan a sus hijos bastardos, sacrificando a los pobres bebés inocentes, no sé si más por evitar los gastos que la vergüenza, lo cual arrancaría las lágrimas y la piedad del pecho más salvaje e inhumano.
El número de almas en este reino se estima usualmente en un millón y medio, de éstas calculo que puede haber aproximadamente doscientas mil parejas cuyas mujeres son fecundas; de ese número resto treinta mil parejas capaces de mantener a sus hijos, aunque entiendo que puede no haber tantas bajo las actuales angustias del reino; pero suponiéndolo así, quedarán ciento setenta mil parideras. Resto nuevamente cincuenta mil por las mujeres que abortan, o cuyos hijos mueren por accidente o enfermedad antes de cumplir el año. Quedan sólo ciento veinte mil hijos de padres pobres nacidos anualmente: la cuestión es entonces, cómo se educará y sostendrá a esta cantidad, lo cual, como ya he dicho, es completamente imposible, en el actual estado de cosas, mediante los métodos hasta ahora propuestos. Porque no podemos emplearlos ni en la artesanía ni en la agricultura; ni construimos casas (quiero decir en el campo) ni cultivamos la tierra: raramente pueden ganarse la vida mediante el robo antes de los seis años, excepto cuando están precozmente dotados, aunque confieso que aprenden los rudimentos mucho antes, época durante la cual sólo pueden considerarse aficionados, según me ha informado un caballero del condado de Cavan, quien me aseguró que nunca supo de más de uno o dos casos bajo la edad de seis, ni siquiera en una parte del reino tan renombrada por la más pronta competencia en ese arte.
Me aseguran nuestros comerciantes que un muchacho o muchacha no es mercancía vendible antes de los doce años; e incluso cuando llegan a esta edad no producirán más de tres libras o tres libras y media corona como máximo en la transacción; lo que ni siquiera puede compensar a los padres o al reino el gasto en nutrición y harapos, que habrá sido al menos de cuatro veces ese valor.
Propondré ahora por lo tanto humildemente mis propias reflexiones, que espero no se prestarán a la menor objeción.
Me ha asegurado un americano muy entendido que conozco en Londres, que un tierno niño sano y bien criado constituye al año de edad el alimento más delicioso, nutritivo y saludable, ya sea estofado, asado, al horno o hervido; y no dudo que servirá igualmente en un fricasé o un ragout.
Ofrezco por lo tanto humildemente a la consideración del público que de los ciento veinte mil niños ya calculados, veinte mil se reserven para la reproducción, de los cuales sólo una cuarta parte serán machos; lo que es más de lo que permitimos a las ovejas, las vacas y los puercos; y mi razón es que esos niños raramente son frutos del matrimonio, una circunstancia no muy estimada por nuestros salvajes, en consecuencia un macho será suficiente para servir a cuatro hembras. De manera que los cien mil restantes pueden, al año de edad, ser ofrecidos en venta a las personas de calidad y fortuna del reino; aconsejando siempre a las madres que los amamanten copiosamente durante el último mes, a fin de ponerlos regordetes y mantecosos para una buena mesa. Un niño llenará dos fuentes en una comida para los amigos; y cuando la familia cene sola, el cuarto delantero o trasero constituirá un plato razonable, y sazonado con un poco de pimienta o de sal después de hervirlo resultará muy bueno hasta el cuarto día, especialmente en invierno.
He calculado que como término medio un niño recién nacido pesará doce libras, y en un año solar, si es tolerablemente criado, alcanzará las veintiocho.
Concedo que este manjar resultará algo costoso, y será por lo tanto muy apropiado para terratenientes, quienes, como ya han devorado a la mayoría de los padres, parecen acreditar los mejores derechos sobre los hijos.
Todo el año habrá carne de infante, pero más abundantemente en marzo, y un poco antes o después: pues nos informa un grave autor, eminente médico francés, que siendo el pescado una dieta prolífica, en los países católicos romanos nacen muchos mas niños aproximadamente nueve meses después de Cuaresma que en cualquier otra estación; en consecuencia, contando un año después de Cuaresma, los mercados estarán más abarrotados que de costumbre, porque el número de niños papistas es por lo menos de tres a uno en este reino: y entonces esto traerá otra ventaja colateral, al disminuir el número de papistas entre nosotros.
Ya he calculado el costo de crianza de un hijo de mendigo (entre los que incluyo a todos los cabañeros, a los jornaleros y a cuatro quintos de los campesinos) en unos dos chelines por año, harapos incluidos; y creo que ningún caballero se quejaría de pagar diez chelines por el cuerpo de un buen niño gordo, del cual, como he dicho, sacará cuatro fuentes de excelente carne nutritiva cuando sólo tenga a algún amigo o a su propia familia a comer con él. De este modo, el hacendado aprenderá a ser un buen terrateniente y se hará popular entre los arrendatarios; y la madre tendrá ocho chelines de ganancia limpia y quedará en condiciones de trabajar hasta que produzca otro niño.
Quienes sean más ahorrativos (como debo confesar que requieren los tiempos) pueden desollar el cuerpo; con la piel, artificiosamente preparada, se podrán hacer admirables guantes para damas y botas de verano para caballeros elegantes.
En nuestra ciudad de Dublín, los mataderos para este propósito pueden establecerse en sus zonas más convenientes, y podemos estar seguros de que carniceros no faltarán; aunque más bien recomiendo comprar los niños vivos y adobarlos mientras aún están tibios del cuchillo, como hacemos para asar los cerdos.
Una persona muy respetable, verdadera amante de su patria, cuyas virtudes estimo muchísimo, se entretuvo últimamente en discurrir sobre este asunto con el fin de ofrecer un refinamiento de mi plan. Se le ocurrió que, puesto que muchos caballeros de este reino han terminado por exterminar sus ciervos, la demanda de carne de venado podría ser bien satisfecha por los cuerpos de jóvenes mozos y doncellas, no mayores de catorce años ni menores de doce; ya que son tantos los que están a punto de morir de hambre en todo el país, por falta de trabajo y de ayuda; de éstos dispondrían sus padres, si estuvieran vivos, o de lo contrario, sus parientes más cercanos. Pero con la debida consideración a tan excelente amigo y meritorio patriota, no puedo mostrarme de acuerdo con sus sentimientos; porque en lo que concierne a los machos, mi conocido americano me aseguró, en base a su frecuente experiencia, que la carne era generalmente correosa y magra, como la de nuestros escolares por el continuo ejercicio, y su sabor desagradable; y cebarlos no justificaría el gasto. En cuanto a la mujeres, creo humildemente que constituiría una pérdida para el público, porque muy pronto serían fecundas; y además, no es improbable que alguna gente escrupulosa fuera capaz de censurar semejante práctica (aunque por cierto muy injustamente) como un poco lindante con la crueldad; lo cual, confieso, ha sido siempre para mí la objeción más firme contra cualquier proyecto, por bien intencionado que estuviera.
Pero a fin de justificar a mi amigo, él confesó que este expediente se lo metió en la cabeza el famoso Psalmanazar, un nativo de la isla de Formosa que llegó de allí a Londres hace más de veinte años, y que conversando con él le contó que en su país, cuando una persona joven era condenada a muerte, el verdugo vendía el cadáver a personas de calidad como un bocado de los mejores, y que en su época el cuerpo de una rolliza muchacha de quince años, que fue crucificada por un intento de envenenar al emperador, fue vendido al Primer Ministro del Estado de Su Majestad Imperial y a otros grandes mandarines de la corte, junto al patíbulo, por cuatrocientas coronas. Ni en efecto puedo negar que si el mismo uso se hiciera de varias jóvenes rollizas de esta ciudad, que sin tener cuatro peniques de fortuna no pueden andar si no es en coche, y aparecen en el teatro y las reuniones con exóticos atavíos que nunca pagarán, el reino no estaría peor.
Algunas personas de espíritu agorero están muy preocupadas por la gran cantidad de pobres que están viejos, enfermos o inválidos, y me han pedido que dedique mi talento a encontrar el medio de desembarazar a la nación de un estorbo tan gravoso. Pero este asunto no me aflige en absoluto, porque es muy sabido que esa gente se está muriendo y pudriendo cada día por el frío y el hambre, la inmundicia y los piojos, tan rápidamente como se puede razonablemente esperar. Y en cuanto a los trabajadores jóvenes, están en una situación igualmente prometedora; no pueden conseguir trabajo y desfallecen de hambre, hasta tal punto que si alguna vez son tomados para un trabajo común no tienen fuerza para cumplirlo; y entonces el país y ellos mismos son felizmente librados de los males futuros.
He divagado excesivamente, de manera que volveré al tema. Me parece que las ventajas de la proposición que he enunciado son obvias y muchas, así como de la mayor importancia.
En primer lugar, como ya he observado, disminuiría grandemente el número de papistas que nos invaden anualmente, que son los principales engendradores de la nación y nuestros enemigos más peligrosos; y que se quedan en el país con el propósito de entregar el reino al Pretendiente, esperando sacar ventaja de la ausencia de tantos buenos protestantes, quienes han preferido abandonar el país antes que quedarse en él pagando diezmos contra su conciencia a un cura episcopal.
Segundo, los más pobres arrendatarios poseerán algo de valor que la ley podrá hacer embargable y que les ayudará a pagar su renta al terrateniente, habiendo sido confiscados ya su ganado y cereales, y siendo el dinero algo desconocido para ellos.
Tercero, puesto que la manutención de cien mil niños, de dos años para arriba, no se puede calcular en menos de diez chelines anuales por cada uno, el tesoro nacional se verá incrementado en cincuenta mil libras por año, sin contar el provecho del nuevo plato introducido en las mesas de todos los caballeros de fortuna del reino que tengan algún refinamiento en el gusto. Y el dinero circulará sólo entre nosotros, ya que los bienes serán enteramente producidos y manufacturados por nosotros.
Cuarto, las reproductoras constantes, además de ganar ocho chelines anuales por la venta de sus niños, se quitarán de encima la obligación de mantenerlos después del primer año.
Quinto, este manjar atraerá una gran clientela a las tabernas, donde los venteros serán seguramente tan prudentes como para procurarse las mejores recetas para prepararlo a la perfección, y consecuentemente ver sus casas frecuentadas por todos los distinguidos caballeros, quienes se precian con justicia de su conocimiento del buen comer: y un diestro cocinero, que sepa cómo agradar a sus huéspedes, se las ingeniará para hacerlo tan caro como a ellos les plazca.
Sexto: esto constituirá un gran estímulo para el matrimonio, que todas las naciones sabias han alentado mediante recompensas o impuesto mediante leyes y penalidades. Aumentaría el cuidado y la ternura de las madres hacia sus hijos, al estar seguras de que los pobres niños tendrían una colocación de por vida, provista de algún modo por el público, y que les daría una ganancia anual en vez de gastos. Pronto veríamos una honesta emulación entre las mujeres casadas para mostrar cuál de ellas lleva al mercado al niño más gordo. Los hombres atenderían a sus esposas durante el embarazo tanto como atienden ahora a sus yeguas, sus vacas o sus puercas cuando están por parir; y no las amenazarían con golpearlas o patearlas (práctica tan frecuente) por temor a un aborto.
Muchas otras ventajas podrían enumerarse. Por ejemplo, la adición de algunos miles de reses a nuestra exportación de carne en barricas, la difusión de la carne de puerco y el progreso en el arte de hacer buen tocino, del que tanto carecemos ahora a causa de la gran destrucción de cerdos, demasiado frecuentes en nuestras mesas; que no pueden compararse en gusto o magnificencia con un niño de un año, gordo y bien desarrollado, que hará un papel considerable en el banquete de un Alcalde o en cualquier otro convite público. Pero, siendo adicto a la brevedad, omito esta y muchas otras ventajas.
Suponiendo que mil familias de esta ciudad serían compradoras habituales de carne de niño, además de otras que la comerían en celebraciones, especialmente casamientos y bautismos: calculo que en Dublín se colocarían anualmente cerca de veinte mil cuerpos, y en el resto del reino (donde probablemente se venderán algo más barato) las restantes ochenta mil.
No se me ocurre ningún reparo que pueda oponerse razonablemente contra esta proposición, a menos que se aduzca que la población del Reino se vería muy disminuida. Esto lo reconozco francamente, y fue de hecho mi principal motivo para ofrecerla al mundo. Deseo que el lector observe que he calculado mi remedio para este único y particular Reino de Irlanda, y no para cualquier otro que haya existido, exista o pueda existir sobre la tierra. Por consiguiente, que ningún hombre me hable de otros expedientes: de crear impuestos para nuestros desocupados a cinco chelines por libra; de no usar ropas ni mobiliario que no sean producidos por nosotros; de rechazar completamente los materiales e instrumentos que fomenten el lujo exótico; de curar el derroche de engreimiento, vanidad, holgazanería y juego en nuestras mujeres; de introducir una vena de parsimonia, prudencia y templanza; de aprender a amar a nuestro país, en lo cual nos diferenciamos hasta de los lapones y los habitantes de Tupinambú; de abandonar nuestras animosidades y facciones, de no actuar más como los judíos, que se mataban entre ellos mientras su ciudad era tomada; de cuidarnos un poco de no vender nuestro país y nuestra conciencia por nada; de enseñar a los terratenientes a tener aunque sea un punto de compasión de sus arrendatarios. De imponer, en fin, un espíritu de honestidad, industria y cuidado en nuestros comerciantes, quienes, si hoy tomáramos la decisión de no comprar otras mercancías que las nacionales, inmediatamente se unirían para trampearnos en el precio, la medida y la calidad, y a quienes por mucho que se insistiera no se les podría arrancar una sola oferta de comercio honrado.
Por consiguiente, repito, que ningún hombre me hable de esos y parecidos expedientes, hasta que no tenga por lo menos un atisbo de esperanza de que se hará alguna vez un intento sano y sincero de ponerlos en práctica. Pero en lo que a mí concierne, habiéndome fatigado durante muchos años ofreciendo ideas vanas, ociosas y visionarias, y al final completamente sin esperanza de éxito, di afortunadamente con este proyecto, que por ser totalmente novedoso tiene algo de sólido y real, trae además poco gasto y pocos problemas, está completamente a nuestro alcance, y no nos pone en peligro de desagradar a Inglaterra. Porque esta clase de mercancía no soportará la exportación, ya que la carne es de una consistencia demasiado tierna para admitir una permanencia prolongada en sal, aunque quizá yo podría mencionar un país que se alegraría de devorar toda nuestra nación aún sin ella.
Después de todo, no me siento tan violentamente ligado a mi propia opinión como para rechazar cualquier plan propuesto por hombres sabios que fuera hallado igualmente inocente, barato, cómodo y eficaz. Pero antes de que alguna cosa de ese tipo sea propuesta en contradicción con mi plan, deseo que el autor o los autores consideren seriamente dos puntos. Primero, tal como están las cosas, cómo se las arreglarán para encontrar ropas y alimentos para cien mil bocas y espaldas inútiles. Y segundo, ya que hay en este reino alrededor de un millón de criaturas de forma humana cuyos gastos de subsistencia reunidos las dejaría debiendo dos millones de libras esterlinas, añadiendo los que son mendigos profesionales al grueso de campesinos, cabañeros y peones, con sus esposas e hijos, que son mendigos de hecho: yo deseo que esos políticos que no gusten de mi propuesta y sean tan atrevidos como para intentar una contestación, pregunten primero a lo padres de esos mortales si hoy no creen que habría sido una gran felicidad para ellos haber sido vendidos como alimento al año de edad de la manera que yo recomiendo, y de ese modo haberse evitado un escenario perpetuo de infortunios como el que han atravesado desde entonces por la opresión de los terratenientes, la imposibilidad de pagar la renta sin dinero, la falta de sustento y de casa y vestido para protegerse de las inclemencias del tiempo, y la más inevitable expectativa de legar parecidas o mayores miserias a sus descendientes para siempre.
Declaro, con toda la sinceridad de mi corazón, que no tengo el menor interés personal en esforzarme por promover esta obra necesaria, y que no me impulsa otro motivo que el bien público de mi patria, desarrollando nuestro comercio, cuidando de los niños, aliviando al pobre y dando algún placer al rico. No tengo hijos por los que pueda proponerme obtener un solo penique; el más joven tiene nueve años, y mi mujer ya no es fecunda.

domingo, 13 de abril de 2008

Queridos Warner Brothers

Queridos Warner Brothers:
Al parecer hay más de una forma de conquistar una ciudad y de mantenerla bajo el dominio propio. Por ejemplo, hasta el momento en que pensamos en hacer esta película, no tenía la menor idea de que la ciudad de Casablanca perteneciera exclusivamente a los Warner Brothers. Sin embargo, pocos días después de anunciar nuestra película recibimos su largo y ominoso documento legal en el que se nos conminaba a no utilizar el nombre de Casablanca.
Parece ser que en 1471, Ferdinand Balboa Warner, su tatarabuelo, al buscar una tajo hasta la ciudad de Burbank, se tropezó con las costas de Africa y, levantando su bastón (que más tarde cambió por un centenar de acciones en la bolsa), las denominó Casablanca.
Sencillamente, no comprendo su actitud. Aun cuando pensaran en la reposición de su película, estoy seguro de que el aficionado medio al cine aprendería oportunamente a distinguir entre Ingrid Bergman y Harpo. No sé si yo podría, pero desde luego me gustaría intentarlo.
Ustedes reivindican su Casablanca y pretenden que nadie más pueda utilizar ese conmbre sin permiso. ¿Qué me dicen de Warner Brothers? ¿Es de su propiedad, también? Probablemente tengan ustedes el derecho de utilizar el nombre de Warner, pero, ¿y el de Brothers? Profesionalmente, nosotros éramos Brothers mucho antes que ustedes. Hacíamos ya la ronda de las candilejas como The Marx Brothers cuando la Vitaphone era todavía un simple destello en el ojo del inventor, e incluso antes de nosotros ha habido otros hermanos: los Smith Brothers [fabricantes de pastillas para la tos], los Karamazov Brothers; Dan Brothers, un centrocampista del Detroit; y Brother, can you spare me a dime? (que originalmente se llamaba BrotherS, can you spare me a dime? pero esto era reducir demasiado la moneda, así que despacharon a un hermano, dieron todo el dinero al otro y lo dejaron en Brother, can you spare me a dime?).
Y ahora, Jack, hablemos de usted. ¿Diría Usted que es el suyo un nombre original? Pues no lo es. Se utilizaba mucho antes de nacer usted. Sobre la marcha, recuerdo dos Jacks: había el Jack de JACK AND THE BEANTALK [cuento infantil] y el Jack el Destripador, que se hizo un bonito renombre en su día.
En cuanto a usted, Harry, seguramente firmará sus cheques con la firme convicción de que es usted el primer Harry de todos los tiempos y de que todos los demás Harrys son impostores. Recuerdo a dos Harrys que le precedieron. Existió Lighthouse Harry de fama revolucionaria [se refiere a LightHORSE Harry, apodo de Lee Henry, héroe de la revolución de EEUU], y también un Harry Appelbaum que vivía en la esquina de la calle 93 con Lexington Avenue. Desgraciadamente, Appelbaum no era demasiado conocido. La última vez que supe de él, vendía corbatas en Weber y Heilbroner.
Hablemos ahora del estudio de Burbank. Creo que es esto lo que ustedes, hermanos, llaman su cuartel general. El viejo Burbank ha desaparecido. Quizá se acuerden de él. Era un hombre muy hábil en la huerta. Su mujer decía a menudo que Luther tenía diez pulgares verdes. ¡Qué mujer debe de haber sido! Burbank era el mago que entrecruzaba todos esos frutos y legumbres hasta dejarlos en tal estado de confusión e incertidumbre que nunca llegaba a decidir si debían ir al comedor en el plato de la carne o en el de los postres.
Esto es una simple conjetura, desde luego, preo, ¿quién sabe?, quizá los supervivientes de Brubank no sean demasiado felices ante el hecho de que una fábrica de películas a destajo se haya instalado en su ciudad, se haya apropiado del nombre de Burbank y lo utilice como presentación de sus films.

domingo, 3 de febrero de 2008

La condición humana (fragmento) André Malraux

Desde una relojería, transformada en puesto, Kyo observaba el tren blindado. A 200 metros hacia delante y hacia atrás, los revolucionarios habían hecho saltar los rieles y arrancado el paso a nivel. Del tren que obstruía la calle –inmóvil, muerto-, Kyo no veía más que dos vagones, uno cerrado, como un vagón para ganado, y el otro aplastado, como bajo un receptáculo de petróleo, bajo su torrecilla, de donde salía un cañón de pequeño calibre. No había hombres: ni sitiados ocultos tras de sus rejas cerradas como las de una cárcel, ni asaltantes, dentro de las casas que dominaban la vía. Detrás de Kyo, hacia la iglesia rusa o hacia la Imprenta comercial, no cesaban las descargas. Los soldados dispuestos a dejarse desarmar no entraban en cuenta; los otros iban a morir. Todas las secciones insurrectas estaban armadas ahora; las tropas gubernamentales, con el frente deshecho, huían hacia Nankín en los trenes saboteados y por los barrancos fangosos de las carreteras, bajo el viento lluvioso. El ejército del Kuomintang llegaría a Shangai dentro de algunas horas: de momento en momento, venían los correos. Entró Chen, como siempre, vestido de obrero; se sentó al lado de Kyo, y contempló el tren. Sus hombres estaban de guardia detrás de una barricada, a cien metros de allí, aunque no debían atacar. El cañón del tren, de perfil, se movía. Como nubes muy bajas, unos velos de humo, última vida del incendio extinto, se deslizaban por delante de él. –No creo que tengan ya muchas municiones –dijo Chen. El cañón salía de la torrecilla como el telescopio de un observatorio, y se movía con una movilidad prudente; a pesar de los blindajes, la vacilación de aquel movimiento le hacia parecer frágil. –En cuanto nuestros propios cañones estén allá... –dijo Kyo. El que contemplaban dejó de moverse y disparó. En respuesta, una descarga crepitó contra el blindaje. Un claro apareció en el cielo gris y blanco, precisamente por encima del tren. Un correo llevó algunos documentos a Kyo. –-No tenemos mayoría en el comité –-dijo éste. La asamblea de delegados, reunida clandestinamente por el partido Kuomintang, antes de la insurrección, había elegido un comité centra de 26 miembros, 15 de ellos comunistas; pero este comité acababa de elegir, a su vez, el comité ejecutivo, que iba a organizar el gobierno municipal. Allí estaba la eficacia; allí, los comunistas ya no tenían mayoría. Un segundo correo con uniforme entró y se detuvo junto al marco de la puerta. –El arsenal está tomado. –-¿Y los tanques? –preguntó Kyo. –-Han salido para Nankín. –-¿Tú vienes del ejército? Era un soldado de la 1ª División, la que contaba mayor número de comunistas. Kyo le interrogó. El hombre estaba amargado: se preguntaba para qué servía la Internacional. Todo se había entregado a la burguesía del Kuomintang; los parientes de los soldados, campesinos casi todos, se veían obligados a hacer efectiva la crecida cotización de los fondos de guerra, en tanto que la burguesía sólo estaba gravada con moderación. Si pretendían apoderarse de las tierras, las órdenes superiores se lo impedían. La toma de Shangai iba a cambiar todo aquello –pensaban los soldados comunistas; él, el mensajero, no estaba muy seguro de ello. Informado de una sola parte, exponía malos argumentos; pero era fácil deducirlos mejores. –La guardia roja –-respondía Kyo–- y la milicia obrera iba a ser creadas en Shangai; en Han-Kow había más de 200 mil obreros sin trabajo. Ambos, de minuto en minuto, se detenían y escuchaban. –-Han-Kow –-dijo el hombre–-; sé muy bien lo que hay en han-kow... Sus voces ensordecidas parecían permanecer junto a ellos, retenidas por el aire estremecido, que parecía esperar también el cañón. Ambos pensaban en Han-Kow, “la ciudad más industrial de toda China”. Allí se organizaba un nuevo ejército rojo; a aquella misma hora, las secciones obreras aprendían allí a manejar los fusiles... Con las piernas separadas, los puños en las rodillas, la boca entreabierta, Chen contemplaba a los correos y no decía nada. –-Todo va a depender del prefecto de Shangai –prosiguió Kyo-. Si éste es de los nuestros, poco importa la mayoría. Si es de la derecha... Chen consultó la hora. En aquella relojería, por lo menos treinta relojes, en marcha o parados, señalaban horas diferentes. Descargas precipitadas se reunieron, en un alud. Chen dudó si miraría o no hacia fuera: no podía apartar los ojos de aquel universo de movimientos de relojería, impasibles ante la Revolución. El movimiento de los correos que salían le repuso; se decidió, por fin, a consultar su propio reloj. –-Las cuatro. Se puede saber... Hizo funcionar el teléfono de campaña, soltó rabiosamente el receptor y se volvió hacia Kyo. –-El prefecto es de la derecha. –-Extender por ahora la Revolución, y después profundizarla... –-dijo Kyo, más como una pregunta que como una respuesta–-. La línea de conducta de la Internacional parece consistir en dejar aquí el poder a la burguesía.Provisionalmente... seremos robados. He visto a unos correos del frente todo movimiento obrero está prohibido en la retaguardia. Chiang Kaishek ha mandado disparar sobre los huelguistas, adoptando algunas precauciones. Entró un rayo de sol. Allí arriba, la mancha azul del claro se agrandaba. La calle se llenó de sol. A pesar de las descargas, el tren blindado, bajo aquella luz, parecía abandonado. Disparó de nuevo. Kyo y Chen lo observaban, con menos atención ahora: quizá el enemigo estuviese más cerca de ellos. Muy inquieto, Kyo miraba confusamente a la acera, que brillaba bajo el sol provisional. Una gran sombra se extendió. Levantó la cabeza: era Katow. –-Antes de quince días –-prosiguió–-, el gobierno Kuomintang suprimiría nuestras secciones de asalto. Acabo de ver a unos oficiales azules, enviados del frente para sondearnos e insinuarnos astutamente que las armas estarían mejor entre ellos que entre nosotros. Desarmar a la guardia obrera: Tendrán a la Policía, al Comité, al Prefecto, el Ejército y las armas. Y habremos hecho la insurrección para eso. Debemos abandonar el Kuomintang, aislar el partido comunista y, si es posible, entregarle el poder. No se trata de jugar al ajedrez, sino de pensar seriamente en el proletariado, en todo esto. ¿Qué le aconsejaremos? Chen se miraba los pies, finos y sucios, desnudos dentro de unos zuecos.–-los obreros tienen razón al declararse en huelga. Nosotros les ordenamos que cesen en la huelga. Los campesinos quieren apoderarse de las tierras. Tienen razón. Nosotros se lo prohibimos. Su acento no subrayaba las palabras más largas. –-Nuestras contraseñas son las de los azules –-continuó Kyo–-, con unas cuantas promesas más. Pero los azules dan a los burgueses lo que les prometen, y nosotros no damos a los obreros lo que prometemos a los obreros. –-Basta –-dijo Chen, sin levantar siquiera los ojos-–-. En primer término, hay que matar a Chiang Kaishek. Katow escuchaba en silencio. –-Eso, para lo futuro –-dijo, por fin–-. Ahora, están matando a los nuestros. Sí. Y, sin embargo, Kyo, no estoy seguro de ser de tu opinión: ya ves. Al comienzo de la Revolución, cuando no era todavía socialista revolucionario, todos estábamos en contra de la táctica de Lenin en Ucrania. Antonov, comisario allá, había condenado a diez años de trabajos forzados, por sabotaje. Sin juicio. Por su propia autoridad de Comisario en la Checa, Lenin le felicitó; todos protestamos. Eran unos verdaderos explotadores los propietarios, ¿sabes?, y varios de nosotros fuimos a las minas, como condenados: Porque creíamos que había que ser particularmente justos con ellos; nada menos. Sin embargo, si los hubiéramos puesto en libertad, el proletariado no habría comprendido nada. Lenin tenía razón. La justicia esta de nuestra parte; pero Lenin tenía razón. Y nosotros estábamos también contra los poderes extraordinarios de la Checa. Hay que prestar atención. La contraseña actual es buena: extender la revolución, y después profundizarla. Lenin nos dijo, de pronto: “Todo el poder para los Soviets”. –-Pero nunca dijo: El poder para los mencheviques. Ninguna situación puede obligarnos a que entreguemos nuestras armas a los azules. Ninguna. Porque, entonces, no hay duda alguna, la Revolución está perdida, y no existe... Entraba un oficial del Kuomintang, bajito, estirado, casi japonés. Saludó. –-El ejército estará aquí dentro de media hora –-dijo–-. Nos faltan armas. ¿Cuántas pueden ustedes proporcionarnos? Chen se paseaba por la habitación. Katow esperaba. –Las milicias obreras deben permanecer armadas –dijo Kyo. –Mi pedido ha sido hecho de acuerdo con el gobierno de Han-Kow –declaró el oficial. Kyo y Chen sonrieron. –Les ruego que se informen –agregó. Kyo utilizó el teléfono. –Hasta con la orden... –-comenzó Chen, entre dientes. –-¡Bueno! –exclamó Kyo. Escuchaba. Katow cogió el segundo receptor. Lo colgaron de nuevo. –-Bien –-dijo Kyo–-. Pero los hombres están aún en las filas. –-La artillería estará allí muy pronto –dijo el oficial-. Acabaremos con estas cosas... –Señaló el tren blindado, encallado en el sol... –Nosotros mismos. ¿Podrán ustedes entregar las armas a las tropas mañana por la tarde? Tenemos una urgente necesidad de ellas. Continuamos avanzando hacia Nankín. –-Dudo que sea posible recuperar más de la mitad de las armas. –-¿Por qué? –-Todos los comunistas no se avendrán a entregarlas. –-¿Ni aun con la orden de Han-Kow? –-Ni aun con la orden de Moscú. Por lo menos, inmediatamente. Apreciaban la exasperación del oficial, aunque éste no la manifestaba. –-Vea usted lo que puede hacer –dijo-. Enviaré a uno, a eso de las siete.Salió. ––-¿Eres tú de opinión que se entreguen las armas?–-preguntó Kyo a Katow. –-Trato de comprender. Es preciso, ante todo, ir a Han-Kow, ¿sabes? ¿Qué quiere la Internacional? Desde luego, servirse del ejército del Kuomintang para unificar China. Desarrollar después por medio de la propaganda y demás, esa Revolución democrática en Revolución socialista. –-Hay que matar a Chiang Kaishek –dijo secamente Chen. –-Chiang Kaishek no nos dejará ya que lleguemos a eso –respondió Kyo–-. No puede. No puede mantenerse aquí más que apoyándose en las aduanas y en las contribuciones de la burguesía, y la burguesía, no pagará nada: será preciso que le devuelva la moneda en comunistas degollados. –-Todo eso –dijo Chen–- es hablar para no decir nada. –-Déjanos en paz –dijo Katow–-. No pienses que vas a poder matar a Chiang Kaishek sin el acuerdo del Comité Central, o, por lo menos del, Delegado de la Internacional. Un rumor lejano iba llenando, poco a poco, el silencio. –-¿Vas a ir a Han-Kow? –preguntó Chen a Kyo. –-Desde luego. Chen se paseaba por la habitación, bajo todos los péndulos de los despertadores y de los relojes de cuclillo, que continuaban llevando el compás. Lo que he dicho muy sencillo –pronunció al fin–-. Lo esencial. La única cosa que hay que hacer. Avísales. –-¿Tú esperarás? Kyo sabía que, si Chen, en lugar de responder, vacilaba, no era porque Katow le hubiera convencido. Era porque ninguna de las órdenes presentes de la Internacional satisfacía la pasión profunda que le había hecho revolucionario; si, por disciplina, las aceptaba, ya no podía obrar. Kyo contemplaba, bajo los relojes, aquel cuerpo hostil que había hecho a la Revolución el sacrificio de sí mismo y de los demás, y al que la Revolución iba tal vez a lanzar a su soledad con el recuerdo de sus asesinatos. A la vez de los suyos y contra él, ya no podía unírsele ni separársele. Bajo la fraternidad de las armas, en el instante mismo en que contemplaba aquel tren blindado al que quizá atacasen juntos, sentía la ruptura posible como hubiera sentido la amenaza de la crisis en un amigo epiléptico o loco, en el momento de su mayor lucidez. Chen había reanudado sus paseos. Sacudió la cabeza, como para protestar, y dijo, por fin: “Bueno”, encogiéndose de hombros, como si hubiese respondido así para satisfacer a Kyo, en un deseo pueril. Volvió el rumor más fuerte, aunque tan confuso, que tuvieron que escuchar con mucha atención para distinguir qué era lo que lo producía. Parecía que subía del suelo. –-No –dijo Kyo–-; son gritos. Se acercaban y se hacían más precisos. –-¿Tomarán la iglesia rusa? –interrogó Katow. Muchos gubernamentales estaban atrincherados allá. Pero los gritos se aproximaban, como si viniesen de los arrabales hacia el centro. Eran cada vez más fuertes. Resultaba imposible distinguir las palabras. Katow echó una ojeada al tren blindado. –-¿Les llegarán refuerzos? Los gritos, siempre sin palabras, se producían cada vez más cerca, como si alguna noticia capital hubiese sido transmitida de multitud en multitud. Luchando con ellos, otro ruido se sobrepuso y se hizo distinto, por fin: la conmoción regular del suelo bajo los pasos. –-El ejército –dijo Katow–-. Son los nuestros. Sin duda. Los gritos eran aclamaciones. Siendo aún imposible distinguirlos de los aullidos del miedo: Kyo había oído aproximarse así los de la multitud fugitiva a causa de la inundación. El martillero de los pasos se cambió en un chapaleo y luego se reanudó: los soldados se habían detenido y volvían a partir en otra dirección. –-Se les ha avisado que el tren blindado está aquí –dijo Kyo. Los del tren oirían, sin duda, los gritos peor que ellos, pero mucho mejor el martillero, transmitido por la resonancia de los blindajes. Un estruendo formidable sorprendió a los tres: por cada pieza, por cada ametralladora y por cada fusil, el tren disparaba. Katow había formado parte de uno de los trenes blindados de Siberia; más fuerte que él, su imaginación le hacía seguir la agonía de éste. Los oficiales habían ordenado el fuego a discreción. ¿Qué podrían hacer en sus torrecillas, con el teléfono en una mano y el revólver en la otra? Cada soldado adivinaba, sin duda, lo que significaba aquel martilleo. ¿Se preparaban a morir juntos, o a arrojarse los unos sobre los otros, en aquel enorme submarino que no volvería a elevarse jamás? El tren mismo entraba en una ansia furiosa. Disparando por todas partes: conmovido por su frenesí mismo, parecía querer arrancarse de los rieles, como si la rabia desesperada de los hombres que albergaba hubiese pasado a aquella armadura prisionera y se debatiese ella también. Lo que en aquel desencadenamiento fascinaba a Katow no era la mortal embriaguez en que zozobraban los hombres del tren; era el estremecimiento de los rieles, que contenía todos aquellos aullidos como una camisa de fuerza: hizo un movimiento con el brazo hacia delante, para convencerse de que no se le había paralizado. Treinta segundos, y el estruendo cesó. Por encima de la conmoción sorda de los pasos y del tic-tac de todos los relojes de la tienda, se estableció un fragor de pesados hierros: la artillería del ejército revolucionario. Detrás de cada blindaje, un hombre del tren escuchaba aquel ruido como la voz misma de la muerte.

lunes, 10 de diciembre de 2007

El niño proletario (Osvlado Lamborghini)

Desde que empieza a dar sus primeros pasos en la vida, el niño proletario sufre las consecuencias de pertenecer a la clase explotada. Nace en una pieza que se cae a pedazos, generalmente con una inmensa herencia alcohólica en la sangre. Mientras la autora de sus días lo echa al mundo, asistida por una curandera vieja y reviciosa, el padre, el autor, entre vómitos que apagan los gemidos lícitos de la parturienta, se emborracha con un vino más denso que la mugre de su miseria. Me congratulo por eso de no ser obrero, de no haber nacido en un hogar proletario. El padre borracho y siempre al borde de la desocupación, le pega a su niño con una cadena de pegar, y cuando le habla es sólo para inculcarle ideas asesinas. Desde niño el niño proletario trabaja, saltando de tranvía en tranvía para vender sus periódicos. En la escuela, que nunca termina, es diariamente humillado por sus compañeros ricos. En su hogar, ese antro repulsivo, asiste a la prostitución de su madre, que se deja trincar por los comerciantes del barrio para conservar el fiado. En mi escuela teníamos a uno, a un niño proletario. Stroppani era su nombre, pero la maestra de inferior se lo había cambiado por el de ¡Estropeado! A rodillazos llevaba a la Dirección a ¡Estropeado! cada vez que, filtrado por el hambre, ¡Estropeado! no acertaba a entender sus explicaciones. Nosotros nos divertíamos en grande. Evidentemente, la sociedad burguesa, se complace en torturar al nino proletario, esa baba, esa larva criada en medio de la idiotez y del terror. Con el correr de los años el niño proletario se convierte en hombre proletario y vale menos que una cosa. Contrae sífilis y, enseguida que la contrae, siente el irresistible impulso de casarse para perpetuar la enfermedad a través de las generaciones. Como la única herencia que puede dejar es la de sus chancros jamás se abstiene de dejarla. Hace cuantas veces puede la bestia de dos espaldas con su esposa ilícita, y así, gracias a una alquimia que aún no puedo llegar a entender (o que tal vez nunca llegaré a entender), su semen se convierte en venéreos niños proletarios. De esa manera se cierra el círculo, exasperadamente se completa. ¡Estropeado!, con su pantaloncito sostenido por un solo tirador de trapo y los periódicos bajo el brazo, venía sin vernos caminando hacia nosotros, tres niños burgueses: Esteban, Gustavo, yo. La execración de los obreros también nosotros la llevamos en la sangre. Gustavo adelantó la rueda de su bicicleta azul y así ocupó toda la vereda. ¡Estropeado! hubo de parar y nos miró con ojos azorados, inquiriendo con la mirada a qué nueva humillación debía someterse. Nosotros tampoco lo sabíamos aún pero empezamos por incendiarle los periódicos y arrancarle las monedas ganadas del fondo destrozado de sus bolsillos. ¡Estropeado! nos miraba inquiriendo con la cara blanca de terror oh por ese color blanco de terror en las caras odiadas, en las fachas obreras más odiadas, por verlo aparecer sin desaparición nosotros hubiéramos donado nuestros palacios multicolores, la atmósfera que nos envolvía de dorado color.A empujones y patadas zambullimos a ¡Estropeado! en el fondo de una zanja de agua escasa. Chapoteaba de bruces ahí, con la cara manchada de barro, y. Nuestro delirio iba en aumento. La cara de Gustavo aparecía contraída por un espasmo de agónico placer. Esteban alcanzó un pedazo cortante de vidrio triangular. Los tres nos zambullimos en la zanja. Gustavo, con el brazo que le terminaba en un vidrio triangular en alto, se aproximó a ¡Estropeado!, y lo miró. Yo me aferraba a mis testículos por miedo a mi propio placer, temeroso de mi propio ululante, agónico placer. Gustavo le tajeó la cara al niño proletario de arriba hacia abajo y después ahondó lateralmente los labios de la herida. Esteban y yo ululábamos. Gustavo se sostenía el brazo del vidrio con la otra mano para aumentar la fuerza de la incisión. No desfallecer, Gustavo, no desfallecer. Nosotros quisiéramos morir así, cuando el goce y la venganza se penetran y llegan a su culminación. Porque el goce llama al goce, llama a la venganza, llama a la culminación. Porque Gustavo parecía, al sol, exhibir una espada espejeante con destellos que también a nosotros venían a herirnos en los ojos y en los órganos del goce. Porque el goce ya estaba decretado ahí, por decreto, en ese pantaloncito sostenido por un solo tirador de trapo gris, mugriento y desflecado. Esteban se lo arrancó y quedaron al aire las nalgas sin calzoncillos, amargamente desnutridas del niño proletario. El goce estaba ahí, ya decretado, y Esteban, Esteban de un solo manotazo, arrancó el sucio tirador. Pero fue Gustavo quien se le echó encima primero, el primero que arremetió contra el cuerpiño de ¡Estropeado!, Gustavo, quien nos lideraría luego en la edad madura, todos estos años de fracasada, estropeada pasión: él primero, clavó primero el vidrio triangular donde empezaba la raya del trasero de ¡Estropeado! y prolongó el tajo natural. Salió la sangre esparcida hacia arriba y hacia abajo, iluminada por el sol, y el agujero del ano quedó húmedo sin esfuerzo como para facilitar el acto que preparábamos. Y fue Gustavo, Gustavo el que lo traspasó primero con su falo, enorme para su edad, demasiado filoso para el amor. Esteban y yo nos conteníamos ásperamente, con las gargantas bloqueadas por un silencio de ansiedad, desesperación. Esteban y yo. Con los falos enardecidos en las manos esperábamos y esperábamos, mientras Gustavo daba brincos que taladraban a ¡Estropeado! y ¡Estropeado! no podía gritar, ni siquiera gritar, porque su boca era firmernente hundida en el barro por la mano fuerte militari de Gustavo. A Esteban se le contrajo el estómago a raíz de la ansiedad y luego de la arcada desalojó algo del estómago, algo que cayó a mis pies. Era un espléndido conjunto de objetos brillantes, ricamente ornamentados, espejeantes al sol. Me agaché, lo incorporé a mi estómago, y Esteban entendió mi hermanación. Se arrojó a mis brazos y yo me bajé los pantalones. Por el ano desocupé. Desalojé una masa luminosa que enceguecía con el sol. Esteban la comió y a sus brazos hermanados me arrojé.Mientras tanto ¡Estropeado! se ahogaba en el barro, con su ano opaco rasgado por el falo de Gustavo, quien por fin tuvo su goce con un alarido. La inocencia del justiciero placer. Esteban y yo nos precipitamos sobre el inmundo cuerpo abandonado. Esteban le enterró el falo, recóndito, fecal, y yo le horadé un pie con un punzón a través de la suela de soga de alpargata. Pero no me contentaba tristemente con eso. Le corté uno a uno los dedos mugrientos de los pies, malolientes de los pies, que ya de nada irían a servirle. Nunca más correteos, correteos y saltos de tranvía en tranvía, tranvías amarillos. Promediaba mi turno pero yo no quería penetrarlo por el ano. —Yo quiero succión —crují. Esteban se afanaba en los últimos jadeos. Yo esperaba que Esteban terminara, que la cara de ¡Estropeado! se desuniera del barro para que ¡Estropeado! me lamiera el falo, pero debía entretener la espera, armarme en la tardanza. Entonces todas las cosas que le hice, en la tarde de sol menguante, azul, con el punzón. Le abrí un canal de doble labio en la pierna izquierda hasta que el hueso despreciable y atorrante quedó al desnudo. Era un hueso blanco como todos los demás, pero sus huesos no eran huesos semejantes. Le rebané la mano y vi otro hueso, crispados los nódulosfalanges aferrados, clavados en el barro, mientras Esteban agonizaba a punto de gozar. Con mi corbata roja hice un ensayo en el coello del niño proletario. Cuatro tirones rápidos, dolorosos, sin todavía el prístino argénteo fin de muerte. Todavía escabullirse literalmente en la tardanza.Gustavo pedía a gritos por su parte un fino pañuelo de batista. Quería limpiarse la arremolinada materia fecal conque ¡Estropeado! le ensuciara la punta rósea hiriente de su falo. Parece que ¡Estropeado! se cagó. Era enorme y agresivo entre paréntesis el falo de Gustavo. Con entera independencia y solo se movía, así, y así, cabezadas y embestidas. Tensaba para colmo los labios delgados de su boca como si ya mismo y sin tardanza fuera a aullar. Y el sol se ponía, el sol que se ponía, ponía. Nos iluminaban los últimos rayos en la rompiente tarde azul. Cada cosa que se rompe y adentro que se rompe y afuera que se rompe, adentro y afuera, adentro y afuera, entra y sale que se rompe, lívido Gustavo miraba el sol que se moría y reclamaba aquel pañuelo de batista, bordado y maternal. Yo le di para calmarlo mi pañuelo de batista donde el rostro de mi madre augusta estaba bordado, rodeado por una esplendente aureola como de fingidos rayos, en tanto que tantas veces sequé mis lágrimas en ese mismo pañuelo, y sobre él volqué, años después, mi primera y trémula eyaculación.Porque la venganza llama al goce y el goce a la venganza pero no en cualquier vagina y es preferible que en ninguna. Con mi pañuelo de batista en la mano Gustavo se limpió su punta agresiva y así me lo devolvió rojo sangre y marrón. Mi lengua lo limpió en un segundo, hasta devolverle al paño la cara augusta, el retrato con un collar de perlas en el cuello, eh. Con un collar en el cuello. Justo ahí. Descansaba Esteban mirando el aire después de gozar y era mi turno. Yo me acerqué a la forma de ¡Estropeado! medio sepultada en el barro y la di vuelta con el pie. En la cara brillaba el tajo obra del vidrio triangular. El ombligo de raquítico lucía lívido azulado. Tenía los brazos y las piernas encogidos, como si ahora y todavía, después de la derrota, intentara protegerse del asalto. Reflejo que no pudo tener en su momento condenado por la clase. Con el punzón le alargué el ombligo de otro tajo. Manó la sangre entre los dedos de sus manos. En el estilo más feroz el punzón le vació los ojos con dos y sólo dos golpes exactos. Me felicitó Gustavo y Esteban abandonó el gesto de contemplar el vidrio esférico del sol para felicitar. Me agaché. Conecté el falo a la boca respirante de ¡Estropeado! Con los cinco dedos de la mano imité la forma de la fusta. A fustazos le arranqué tiras de la piel de la cara a ¡Estropeado! y le impartí la parca orden: —Habrás de lamerlo. Succión— ¡Estropeado! se puso a lamerlo. Con escasas fuerzas, como si temiera hacerme daño, aumentándome el placer. A otra cosa. La verdad nunca una muerte logró afectarme. Los que dije querer y que murieron, y si es que alguna vez lo dije, incluso camaradas, al irse me regalaron un claro sentimiento de liberación. Era un espacio en blanco aquel que se extendía para mi crujir. Era un espacio en blanco. Era un espacio en blanco. Era un espacio en blanco. Pero también vendrá por mí. Mi muerte será otro parto solitario del que ni sé siquiera si conservo memoria. Desde la torre fría y de vidrio . De sde donde he con templado después el trabajo de los jornaleros tendiendo las vías del nuevo ferrocarril. Desde la torre erigida como si yo alguna vez pudiera estar erecto. Los cuerpos se aplanaban con paciencia sobre las labores de encargo. La muerte plana, aplanada, que me dejaba vacío y crispado. Yo soy aquel que ayer nomás decía y eso es lo que digo. La exasperación no me abandonó nunca y mi estilo lo confirma letra por letra. Desde este ángulo de agonía la muerte de un niño proletario es un hecho perfectamente lógico y natural. Es un hecho perfecto. Los despojos de ¡Estropeado! ya no daban para más. Mi mano los palpaba mientras él me lamía el falo. Con los ojos entrecerrados y a punto de gozar yo comprobaba, con una sola recorrida de mi mano, que todo estaba herido ya con exhaustiva precisión. Se ocultaba el sol, le negaba sus rayos a todo un hemisferio y la tarde moría. Descargué mi puño martillo sobre la cabeza achatada de animal de ¡Estropeado!: él me lamía el falo. Impacientes Gustavo y Esteban querían que aquello culminara para de una buena vez por todas: Ejecutar el acto. Empuñé mechones del pelo de ¡Estropeado! y le sacudí la cabeza para acelerar el goce. No podía salir de ahí para entrar al otro acto. Le metí en la boca el punzón para sentir el frío del metal junto a la punta del falo. Hasta que de puro estremecimiento pude gozar. Entonces dejé que se posara sobre el barro la cabeza achatada de animal. —Ahora hay que ahorcarlo rápido —dijo Gustavo. —Con un alambre —dijo Estebanñ en la calle de tierra don de empieza el barrio precario de los desocupados. —Y adiós Stroppani ¡vamos! —dije yo. Remontamos el cuerpo flojo del niño proletario hasta el lugar indicado. Nos proveímos de un alambre. Gustavo lo ahorcó bajo la luna, joyesca, tirando de los extremos del alambre. La lengua quedó colgante de la boca como en todo caso de estrangulación.

(Del libro "Sebregondi retrocede", de Osvaldo Lamborghini, publicado en 1973 © herederos de Osvaldo Lamborghini)

jueves, 2 de agosto de 2007

Estamos cometiendo un genocidio en Irak (LND 29 julio 2007)

James Massey, ex marine y veterano de guerra:
Estamos cometiendo un genocidio en Irak
Después de meses luchando en el Medio Oriente, este soldado y su mujer hablan de lo que significó la guerra para su familia, de las atrocidades que vio en el frente y de sus sentimientos hacia la administración de Bush.


Nación Domingo
Elizabeth Subercaseaux. Desde Washington.

Antes de partir a Irak, a comienzos de 2003, James Massey (35), soldado profesional del US Marine Corp (USMC), la infantería de marina estadounidense, trabajaba como instructor del Ejército de su país. Su mujer, Jackie (25), estudiaba enfermería en la Universidad de Western Carolina. Formaban una pareja como tantas, que empezaba su vida juntos. Pero ya no más. Toda sonrisa en este matrimonio pertenece al pasado. “El hombre que era mi marido y que un día partió a servir a Irak gozaba de los autos, del cine, de acampar y de la música, todas esas cosas simples de la vida. Era un hombre contento y relajado que dormía toda la noche. La persona que volvió de la guerra vive al límite de la paranoia, deprimido, enojado, es incapaz de gozar de nada sabiendo lo que padecen sus compañeros de armas y noche tras noche despierta gritando por culpa de las pesadillas, víctima de un terrible síndrome de estrés postraumático”, cuenta Jackie.
Jimmy estuvo diez meses en Irak, desde enero de 2003 hasta comienzos de 2004, combatiendo en el Pelotón 1 del Tercer Batallón de la Primera División del USMC. A su regreso, enfermo con todo lo que padeció en el frente, se integró al movimiento Veteranos Contra la Guerra de Irak, y desde entonces tanto él como su mujer han pasado gran parte de su tiempo dando a conocer la verdadera cara de esta tragedia.
Al comienzo, cuentan, cuando Bush decidió invadir Irak, tanto Jimmy como su mujer creyeron lo que la administración decía. “Nos tragamos todos sus mentiras”, señala ella. Jimmy partió a la guerra convencido de que en Medio Oriente encontrarían armas de destrucción masiva, de que Al Qaeda tenía una relación estrecha con Sadam Hussein y que el dictador iraquí era uno de los responsables del atentado a las Torres Gemelas. Era 2003, el comienzo de todo.
Cuando Jimmy se fue juramos que nos escribiríamos todos los días, pasara lo que pasara. Y lo hicimos. Las primeras cartas fueron sobre asuntos rutinarios, una misión por aquí, un campamento que se levantaba por allá, cosas de esas. Pero después de unas semanas las cartas empezaron a ponerse negras y Jimmy me decía que no podía dormir: las bombas explotaban alrededor del campamento, en todas partes, y cuando lograba conciliar el sueño despertaba con horrendas pesadillas de lo que había visto en el día; pero nunca me decía qué era lo que había visto. Poco a poco me empezó a quedar claro que ni Jimmy ni sus compañeros de armas estaban de acuerdo con lo que estaba pasando allí, y que lo único que querían era regresar a casa cuanto antes”.
-¿Y qué era lo que habías visto en el día y no le contabas a tu mujer, Jimmy?
-Destrucción por todas partes, destrucción innecesaria, y muerte; tanta muerte que en las noches me cuestionaba mi propio derecho a seguir existiendo. Lo que más me impactó, siempre, fue el sufrimiento de los niños. Se suponía que los soldados americanos, íbamos a apoyarlos, pero eso nunca ocurrió. Se suponía que después de 13 años viviendo bajo las sanciones impuestas por el propio Estados Unidos, que nosotros estuviéramos allí les serviría para que pudieran vivir mejor. Pero no lo hicimos. Sólo matar. Nunca olvidaré el día en que fuimos a un orfelinato de niñas y una niñita iraquí se me acerca y me alcanza una nota donde me agradecía por haber liberado a su país de Sadam Hussein. Yo tomé la nota y pensé que lo triste era que en realidad no los estábamos liberando de Saddam para hacerlos más felices, más libres y más dignos, sino para robarles el petróleo y alimentar nuestra industria militar.
-¿Cómo fue su reacción y la de sus compañeros de armas cuando, una vez que llegaron a Irak se dieron cuenta de que la administración de Bush había mentido a los soldados, que no había armas nucleares y Sadam Hussein no había tenido participación alguna en los ataques a Nueva York?
-Efectivamente los soldados hablaban de esto, y ahora mucho más, pues la situación es mucho peor ahora de lo que era cuando yo estuve allí. Yo mismo lo he hablado mucho con otros soldados y debo decirle que un marine profesional, como nosotros, tiene el deber, el derecho y el privilegio de rebelarse en contra de órdenes ilegales. Usted no se imagina la enorme cantidad de marines que piensan lo mismo que yo, y hay muchos de ellos hablando en contra de esta guerra, no sólo en Estados Unidos sino en el mundo. Como yo. Nos avergüenza lo que nuestro país está haciendo en el Medio Oriente.

PESCANDO TRUCHAS CON PUTIN
El día que se realizó esta entrevista, los diarios estadounidenses mostraban en primera plana una fotografía del Presidente George W. Bush y su homólogo ruso, Vladimir Putin, en las costas de Kennebunkport, Maine. Bush había invitado a su colega a pasar un fin de semana en la bella propiedad que tienen sus padres en este elegante balneario de la costa este. La foto mostraba a ambos gobernantes de pie en la cubierta del yate, la brisa marina desarbolando sus cabellos, sonriendo con sus aperos de pesca, a la caza de truchas y lenguados. Ese mismo día, las noticias informaban que la escalada de violencia en Irak había dejado a otros 14 soldados norteamericanos despedazados por las bombas. “Llevamos años viendo fotos de Bush pescando truchas, jugando golf o paseando en bicicleta, mientras los soldados pierden los brazos, las piernas y las cabezas”, dice Jackie. “Honestamente, creo que Bush no es capaz de empatizar con nadie. Vive en una burbuja donde puede pensar y hacer lo que quiera sin ninguna consecuencia. No le importa que muera gente inocente todos los días como resultado de esta guerra”.
“Esta es una guerra ilegal que ha violado seriamente las normativas de la Convención de Ginebra”, añade Jimmy, quien el año pasado, junto a la periodista francesa Natasha Saulnier, publicó un libro llamado “Kill, kill, kill” (traducido al español como “Cowboys del infierno”), donde cuenta sus vivencias en el frente. “Y en cuanto a mi, personalmente, cada día que me queda de vida tendré que vivirlo sabiendo que he matado a inocentes por una mentira”, señala.
-¿Qué mensaje le gustaría pasar?
-Lo que yo quiero decir al mundo, como soldado estadounidense, es que en Irak estamos cometiendo un genocidio. No solamente estamos asesinando a inocentes todos los días sino que hemos esparcido suficiente depleted uranium (uranio radiactivo) como para que el genocidio continúe por muchos años.
-Hábleme del uranio radioactivo, ¿qué significa?
-Las municiones depleted uranium (DU) son fabricadas con residuos nucleares. En forma de munición no significa un mayor peligro, pero una vez que la munición ha sido disparada, todo cambia. Un vehículo que ha sido atacado con DU queda completamente contaminado. Las partículas, trasportadas por el aire, el agua y donde sea que aterricen, contaminan la tierra, el agua o los pulmones de quien sea que las respire. Los soldados que han sido contaminados con DU tienen problemas en los pulmones, en la columna vertebral y en los huesos, y un gran porcentaje de posibilidades de tener niños con todo tipo de malformaciones congénitas. En Irak hay niños que están naciendo, ya no ciegos, sino sin ojos, a causa de uranio radiactivo que nosotros hemos desparramado por todas partes. Los iraquíes están sufriendo los efectos colaterales día a día.

CÓMO SE TERMINA

Eso de que todos saben cómo y cuándo empieza una guerra, pero nadie cómo termina, nunca fue más cierto que ahora. “Una consecuencia garantizada de esta guerra es la completa devastación de Irak”, dice Jimmy. “No sólo devastación para Irak sino también para el pueblo norteamericano”, agrega su mujer. “Se han perdido demasiadas vidas inocentes en esta guerra inmoral, no hay manera de curar las heridas de los familiares, los hijos, los amigos de los muertos”.
-Como cónyuge de un marine que casi pierde la vida en Irak, ¿qué le diría a Bush si se lo encontrara de frente?
-Usted es un cobarde a quien no le importan más que sus propios intereses; lo responsabilizo por el síndrome de estrés postraumático que padece mi marido, por las miles de vidas inocentes que se han perdido gracias a sus mentiras, por el dolor y la pena de los familiares de miles de soldados que han perdido su vida, y por los otros miles que regresarán a su país deshabilitados tanto física como mentalmente. Usted tomó un buen puñado de mentiras, las envolvió y las convirtió en un paquete de miedo que ha precipitado a nuestro país a un abismo. Usted y su administración han destruido a Estados Unidos y debieran ser juzgados como criminales por la larga lista de leyes que han violado.
-El senador McCain, otro candidato republicano, ha dicho que sacar a los soldados de Irak convertiría aquel lugar en un verdadero infierno, aún peor de lo que es ahora. ¿Está de acuerdo con eso?
-No -señala Jim-, yo creo que la situación se va a poner peor en la medida en que la presencia de Occidente se mantenga. Si la OTAN quiere involucrarse para reconstruir Irak, muy bien, sería muy positivo, pero finalmente deben ser las fuerzas del Medio Oriente quienes decidan como reconstruir sus países, no Estados Unidos.
-¿No le parece un trago demasiado amargo para esos países esto de que llegue el Ejército norteamericano, los destruya y luego les diga reconstrúyanse ustedes lo mejor que puedan?
-Estoy de acuerdo, todo esto no es más que un cúmulo de acciones criminales, tal como dice Jackie. Por eso estoy en contra de esta guerra que yo mismo he peleado, por eso es que nos odian.
-¿Cuál es la mejor estrategia de salida?
-No hay más que una: la salida inmediata, a partir de ahora mismo, de todas las tropas extranjeras en el Medio Oriente. LND